—En el jardín.

Y permaneció en medio de la cámara, sin atreverse a dar un paso. Creo que era el primogénito de los caseros que Concha tenía en sus tierras de Lantaño y uno de los cien ahijados de su tío Don Juan Manuel Montenegro, aquel hidalgo visionario y pródigo que vivía en el Pazo de Lantañón. Es un recuerdo que todavía me hace sonreir. El favorito de Concha no era rubio ni melancólico como los pajes de las baladas, pero con los ojos negros y con los carrillos picarescos melados por el sol, también podía enamorar princesas. Le mandé que abriese los balcones y obedeció corriendo. El aura perfumada y fresca del jardín penetró en la cámara, y las cortinas flamearon alegremente. El paje había dejado la montera sobre una silla, y volvió a recogerla. Yo le interrogué:

—¿Tú sirves en el Palacio?

—Sí, señor.

—¿Hace mucho?

—Va para dos años.

—¿Y qué haces?

—Pues hago todo lo que me mandan.

—¿No tienes padres?

—Tengo, sí, señor.