—¿Qué hacen tus padres?
—Pues no hacen nada. Cavan la tierra.
Tenía las respuestas estoicas de un paria. Con su vestido de estameña, sus ojos tímidos, su fabla visigótica y sus guedejas trasquiladas sobre la frente, con tonsura casi monacal, perecía el hijo de un antiguo siervo de la gleba:
—¿Y fué la señorita quien te ha mandado venir?
—Sí, señor. Hallábame yo en el patín deprendiéndole la riveirana al mirlo nuevo, que los viejos ya la tienen deprendida, cuando la señorita bajó al jardín y me mandó venir.
—¿Tú eres aquí el maestro de los mirlos?
—Sí, señor.
—¿Y ahora, además, eres mi paje?
—Sí, señor.
—¡Altos cargos!