—Sí, señor.
—Paréceme... Paréceme...
El paje fijó los ojos en la monterilla, pasándola lentamente de una mano a otra, sumido en hondas cavilaciones:
—Paréceme que han de ser doce, pero no estoy cierto.
—¿Antes de venir al Palacio, dónde estabas?
—Servía en la casa de Don Juan Manuel.
—¿Y qué hacías allí?
—Allí enseñaba al hurón.
—¡Otro cargo palatino!