—Sí, señor.

—¿Y cuántos mirlos tiene la señorita?

El paje hizo un gesto desdeñoso:

—¡Tan siquiera uno!

—¿Pues de quién son?

—Son míos... Cuando los tengo bien adeprendidos, se los vendo.

—¿A quién se los vendes?

—Pues a la señorita, que me los merca todos. ¿No sabe que los quiere para echarlos a volar? La señorita desearía que silbasen la riveirana sueltos en el jardín, pero ellos se van lejos. Un domingo, por el mes de San Juan, venía yo acompañando a la señorita: Pasados los prados de Lantañón, vimos un mirlo que, muy puesto en la rama de un cerezo, estaba cantando la riveirana. Acuerdóme que entonces dijo la señorita: ¡Míralo adónde se ha venido el caballero!

Aquel relato ingenuo me hizo reir, y el paje al verlo rióse también. Sin ser rubio ni melancólico, era digno de ser paje de una princesa y cronista de un reinado. Yo le pregunté:

—¿Qué es más honroso, enseñar hurones o mirlos?