El paje respondió después de meditarlo un instante:

—¡Todo es igual!

—¿Y cómo has dejado el servicio de Don Juan Manuel?

—Porque tiene muchos criados... ¡Qué gran caballero es Don Juan Manuel!... Dígole que en el Pazo todos los criados le tenían miedo. Don Juan Manuel es mi padrino, y fué quien me trujo al Palacio para que sirviese a la señorita.

—¿Y dónde te iba mejor?

El paje fijó en mí sus ojos negros e infantiles, y con la monterilla entre las manos, formuló gravemente:

—Al que sabe ser humilde, en todas partes le va bien.

Era una réplica calderoniana. ¡Aquel paje también sabía decir sentencias! Ya no podía
dudarse de su destino. Había nacido para vivir
en un palacio, educar los mirlos,
amaestrar los hurones, ser ayo de
un príncipe y formar el corazón
de un gran rey.