ONCHA me llamaba desde el jardín, con alegres voces. Salí a la solana, tibia y dorada al sol mañanero. El campo tenía una emoción latina de yuntas, de vendimias y de labranzas. Concha estaba al pie de la solana:

—¿Tienes ahí a Florisel?

—¿Florisel es el paje?

—Sí.

—Parece bautizado por las hadas.

—Yo soy su madrina. Mándamelo.

—¿Qué le quieres?

—Decirle que te suba estas rosas.