Nos sentamos a la sombra de las acacias, en un banco de piedra cubierto de hojas. Enfrente se abría la puerta del laberinto misterioso y verde. Sobre la clave del arco se alzaban dos quimeras manchadas de musgo, y un sendero umbrío, un solo sendero, ondulaba entre los mirtos como el camino de una vida solitaria, silenciosa e ignorada. Florisel pasó a lo lejos entre los árboles, llevando la jaula de sus mirlos en la mano. Concha me lo mostró:
—¡Allá va!
—¿Quién?
—Florisel.
—¿Por qué le llamas Florisel?
Ella dijo, con una alegre risa.
—Florisel es el paje de quien se enamora cierta princesa inconsolable en un cuento.
—¿Un cuento de quién?
—Los cuentos nunca son de nadie.