Sus ojos misteriosos y cambiantes miraban
a lo lejos, y me sonó tan extraña su risa,
que sentí frío. ¡El frío de comprender todas
las perversidades! Me pareció que Concha
también se estremecía. La verdad es que
nos hallábamos a comienzos de Otoño
y que el sol empezaba a nublarse.
Volvimos al Palacio.
L PALACIO DE BRANDESO, aunque del siglo décimo octavo, es casi todo de estilo plateresco. Un Palacio a la italiana con miradores, fuentes y jardines, mandado edificar por el Obispo de Corinto Don Pedro de Bendaña, Caballero del Hábito de Santiago, Comisario de Cruzada y Confesor de la Reina Doña María Amelia de Parma. Creo que un abuelo de Concha y mi abuelo el Mariscal Bendaña, sostuvieron pleito por la herencia del Palacio. No estoy seguro, porque mi abuelo sostuvo pleitos hasta con la Corona. Por ellos heredé toda una fortuna en legajos. La historia de la noble Casa de Bendaña es la historia de la Cancillería de Valladolid.
Como la pobre Concha tenía el culto de los recuerdos, quiso que recorriésemos el Palacio evocando otro tiempo, cuando yo iba de visita con mi madre, y ella y sus hermanas eran unas niñas pálidas que venían a besarme, y me llevaban de la mano para que jugásemos, unas veces en la torre, otras en la terraza, otras en el mirador que daba al camino y al jardín... Aquella mañana, cuando nosotros subíamos la derruída escalinata, las palomas remontaron el vuelo y fueron a posarse sobre la piedra de armas. El sol dejaba un reflejo dorado en los cristales, los viejos alelíes florecían entre las grietas del muro, y un lagarto paseaba por el balaustral. Concha sonrió con lánguido desmayo:
—¿Te acuerdas?...