Y en aquella sonrisa tenue, yo sentí todo el pasado como un aroma entrañable de flores marchitas, que trae alegres y confusas memorias... Era allí donde una dama piadosa y triste, solía referirnos historias de Santos. Cuántas veces, sentada en el hueco de una ventana, me había enseñado las estampas del Año Cristiano abierto en su regazo. Aún recuerdo sus manos místicas y nobles que volvían las hojas lentamente. La dama tenía un hermoso nombre antiguo: Se llamaba Águeda: Era la madre de Fernandina, Isabel y Concha. Las tres niñas pálidas con quienes yo jugaba. ¡Después de tantos años volví a ver aquellos salones de respeto y aquellas salas familiares! Las salas entarimadas de nogal, frías y silenciosas, que conservan todo el año el aroma de las manzanas agrias y otoñales puestas a madurar sobre el alféizar de las ventanas. Los salones con antiguos cortinajes de damasco, espejos nebulosos y retratos familiares: Damas con basquiña, prelados de doctoral sonrisa, pálidas abadesas, torvos capitanes. En aquellas estancias nuestros pasos resonaban como en las iglesias desiertas, y al abrirse lentamente las puertas de floreados herrajes, exhalábase del fondo silencioso y oscuro, el perfume lejano de otras vidas. Solamente en un salón que tenía de corcho el estrado, nuestras pisadas no despertaron rumor alguno: Parecían pisadas de fantasmas, tácitas y sin eco. En el fondo de los espejos el salón se prolongaba hasta el ensueño como en un lago encantado, y los personajes de los retratos, aquellos obispos fundadores, aquellas tristes damiselas, aquellos avellanados mayorazgos parecían vivir olvidados en una paz secular. Concha se detuvo en la cruz de dos corredores, donde se abría una antesala redonda, grande y desmantelada, con arcones antiguos. En un testero arrojaba cerco mortecino de luz la mariposa de aceite que día y noche alumbraba ante un Cristo desmelenado y lívido. Concha murmuró en voz baja:
—¿Te acuerdas de esta antesala?
—Sí. ¿La antesala redonda?
—Sí... ¡Era donde jugábamos!
Una vieja hilaba en el hueco de una ventana. Concha me la mostró con un gesto:
—Es Micaela... La doncella de mi madre. ¡La pobre está ciega! No le digas nada...
Seguimos adelante. Algunas veces Concha se detenía en el umbral de las puertas, y señalando las estancias silenciosas, me decía con su sonrisa tenue, que también parecía desvanecerse en el pasado:
—¿Te acuerdas?
Ella recordaba las cosas más lejanas. Recordaba cuando éramos niños y saltábamos delante de las consolas para ver estremecerse los floreros cargados de rosas, y los fanales ornados con viejos ramajes áureos, y los candelabros de plata, y los daguerreotipos llenos de un misterio estelar. ¡Tiempos aquellos en que nuestras risas locas y felices habían turbado el noble recogimiento del Palacio, y se desvanecían por las claras y grandes
antesalas, por los corredores oscuros,
flanqueados con angostas ventanas de
montante donde arrullaban las
palomas!...