su, Concha sintió un gran frío y tuvo que acostarse. Alarmado al verla temblar, pálida como la muerte, quise mandar por un médico a Viana del Prior, pero ella se opuso, y al cabo de una hora ya me miraba sonriendo con amorosa languidez. Descansando inmóvil sobre la blanca almohada, murmuró:
—¿Creerás que ahora me parece una felicidad estar enferma?
—¿Por qué?
—Porque tú me cuidas.
Yo me sonreí sin decir nada, y ella, con una gran dulzura, insistió: