—¡Es que tú no sabes cómo yo te quiero!
En la penumbra de la alcoba la voz apagada de Concha tenía un profundo encanto sentimental. Mi alma se contagió:
—¡Yo te quiero más, princesa!
—No, no. En otro tiempo te he gustado mucho. Por muy inocente que sea una mujer, eso lo conoce siempre, y tú sabes lo inocente que yo era.
Me incliné para besar sus ojos, que tenían un velo de lágrimas, y le dije por consolarla:
—¿Creerás que no me acuerdo, Concha?
Ella exclamó riéndose.
—Di qué desmemoriado. ¡Hace ya tanto tiempo!
—¿Y cuánto tiempo hace, vamos a ver?