—No me entristezcas haciendo que recuerde los años.

—Pues confiesa que yo era muy inocente.

—¡Todo lo inocente que puede ser una mujer casada!

—Más, mucho más. ¡Ay! Tú fuiste mi maestro en todo.

Exhaló las últimas palabras como si fuesen suspiros, y apoyó una de sus manos sobre los ojos. Yo la contemplé, sintiendo cómo se despertaba la voluptuosa memoria de los sentidos. Concha tenía para mí todos los encantos de otro tiempo, purificados por una divina palidez de enferma. Era verdad que yo había sido su maestro en todo. Aquella niña casada con un viejo, tenía la cándida torpeza de las vírgenes. Hay tálamos fríos como los sepulcros, y maridos que duermen como las estatuas yacentes de granito. ¡Pobre Concha! Sobre sus labios perfumados por los rezos, mis labios cantaron los primeros el triunfo del amor y su gloriosa exaltación. Yo tuve que enseñarle toda la lira: Verso por verso, los treinta y dos sonetos de Pietro Aretino. Aquel capullo blanco de niña desposada, apenas sabía murmurar el primero. Hay maridos y hay amantes que ni siquiera pueden servirnos de precursores, y bien sabe Dios que la perversidad, esa rosa sangrienta, es una flor que nunca se abrió en mis amores. Yo he preferido siempre ser el Marqués de Bradomín, a ser ese divino Marqués de Sade. Tal vez esa haya sido la única razón de pasar por soberbio entre algunas mujeres. Pero la pobre Concha nunca fué de éstas. Como habíamos quedado en silencio, me dijo:

—¿En qué piensas?

—En el pasado, Concha.

—Tengo celos de él.

—¡No seas niña! Es el pasado de nuestros amores.

Ella se sonrió, cerrando los ojos, como si también evocase un recuerdo. Después murmuró con cierta resignación amable, perfumada de amor y de melancolía: