—Sólo una cosa le he pedido a la Virgen de la Concepción, y creo que va a concedérmela... Tenerte a mi lado en la hora de la muerte.

Volvimos a quedar en triste silencio. Al cabo de algún tiempo, Concha se incorporó en las almohadas. Tenía los ojos llenos de lágrimas. En voz muy baja me dijo:

—Xavier, dame aquel cofre de mis joyas, que está sobre el tocador. Ábrelo. Ahí guardo también tus cartas... Vamos a quemarlas juntos... No quiero que me sobrevivan.

Era un cofre de plata, labrado con la suntuosidad decadente del siglo XVIII. Exhalaba un suave perfume de violetas, y lo aspiré cerrando los ojos:

—¿No tienes más cartas que las mías?

—Nada más.

—¡Ah! Tu nuevo amor no sabe escribir.

—¿Mi nuevo amor? ¿Qué nuevo amor? ¡Seguramente has pensado alguna atrocidad!

—Creo que sí.

—¿Cuál?