—¿Y si adivinase?
—No puedes adivinar.
—¿Qué enormidad habrás pensado?
Yo exclamé riéndome:
—Florisel.
Por los ojos de Concha pasó una sombra de enojo:
—¡Y serás capaz de haberlo pensado!
Hundió las manos entre mis cabellos, arremolinándolos:
—¿Qué hago yo contigo? ¿Te mato?