Viéndome reir, ella reía también, y sobre su boca pálida, la risa era fresca, sensual, alegre:
—¡No es posible que hayas pensado eso!
—Di que parece imposible.
—¿Pero lo has pensado?
—¡No te creo! ¿Cómo has podido siquiera imaginarlo?
—Recordé mi primera conquista. Tenía yo once años y una dama se enamoró de mí. ¡Era también muy bella!
Concha murmuró en voz baja:
—Mi tía Augusta.
—Sí.