—Ya me lo has contado... ¿Pero tú no eras más bello que Florisel?

Dudé un momento y creí que mis labios iban a mancharse con una mentira. Al fin, tuve el valor de confesar la verdad:

—¡Ay, Concha! Yo era menos bello.

Mirándome burlona, cerró el cofre de sus joyas.

—Otro día quemaremos tus cartas. Hoy no. Tus celos me han puesto de buen humor.

Y echándose sobre la almohada volvió a
reir como antes, con frescas y alegres carcajadas.
El día de quemar aquellas cartas no
llegó para nosotros: Yo me he resistido
siempre a quemar las cartas de amores. Las
he amado como aman los poetas sus versos.
Cuando murió Concha, en el
cofre de plata, con las joyas de
familia las heredaron
sus hijas.