—¿Ves, allá lejos, un jinete?
—No veo nada.
—Ahora pasa la Fontela.
—Sí, ya le veo.
—Es el tío Don Juan Manuel.
—¡El magnífico hidalgo del Pazo de Lantañón!
Concha hizo un gesto de lástima.
—¡Pobre señor! Estoy segura que viene a verte.
Don Juan Manuel se había detenido en medio del camino, y levantándose sobre los estribos y quitándose el chambergo, nos saludaba. Después, con voz poderosa, que fué repetida por un eco lejano, gritó:
—¡Sobrina! ¡Sobrina! ¡Manda abrir la cancela del jardín!