Concha levantó los brazos indicándole que ya mandaba, luego volviéndose a mí, exclamó riéndose:
—Dile tú que ya van.
Yo rugí, haciendo bocina con las manos:
—¡Ya van!
Pero Don Juan Manuel aparentó no oirme. El privilegio de hacerse entender a tal distancia, era suyo no más. Concha se tapó los oídos:
—Calla, porque jamás confesará que te oye.
Yo seguí rugiendo:
—¡Ya van! ¡Ya van!
Inútilmente. Don Juan Manuel se inclinó acariciando el cuello del caballo. Había decidido no oirme. Después volvió a levantarse sobre los estribos:
—¡Sobrina! ¡Sobrina!