Concha se apoyaba en la ventana riendo como una niña feliz:
—¡Es magnífico!
Y el viejo seguía gritando desde el camino:
—¡Sobrina! ¡Sobrina!
Es verdad que era magnífico aquel Don Juan Manuel Montenegro. Sin duda le pareció que no acudían a franquearle la entrada con toda la presteza requerida, porque hincando las espuelas al caballo, se alejó al galope. Desde lejos, se volvió gritando:
—No puedo detenerme. Voy a Viana del Prior. Tengo que apalear a un escribano.
Florisel, que bajaba corriendo para abrir la cancela, se detuvo a mirar cuán gallardamente se partía. Después volvió a subir la vieja escalinata revestida de yedra. Al pasar por nuestro lado, sin levantar los ojos, pronunció solemne y doctoral:
—¡Gran señor, muy gran señor, es Don Juan Manuel!
Creo que era una censura, porque nos reíamos del viejo hidalgo. Yo le llamé:
—Oye, Florisel.