Se detuvo temblando.

—¿Qué me mandaba?

—¿Tan gran señor te parece Don Juan Manuel?

—Mejorando las nobles barbas que me oyen.

Y sus ojos infantiles, fijos en Concha, demandaban
perdón. Concha hizo un gesto
de reina indulgente. Pero lo echó a perder,
riendo como una loca. El paje se alejó en silencio.
Nosotros nos besamos alegremente,
y antes de desunir las bocas,
oímos el canto lejano de los
mirlos, guiados por la flauta
de caña que tañía
Florisel.