RA NOCHE de luna, y en el fondo del laberinto cantaba la fuente como un pájaro escondido. Nosotros estábamos silenciosos, con las manos enlazadas. En medio de aquel recogimiento sonaron en el corredor pasos lentos y cansados. Entró Candelaria con una lámpara encendida, y Concha exclamó como si despertase de un sueño:

—¡Ay!... Llévate esa luz.

—¿Pero van a estar a oscuras? Miren que es malo tomar la luna.

Concha preguntó sonriendo:

—¿Por qué es malo, Candelaria?

La vieja repuso, bajando la voz:

—Bien lo sabe, señorita... ¡Por las brujas!

Candelaria se alejó con la lámpara haciendo muchas veces la señal de la cruz, y nosotros volvimos a escuchar el canto de la fuente que le contaba a la luna su prisión en el laberinto. Un reloj de cuco, que acordaba el tiempo del fundador, dió las siete. Concha murmuró: