—¡Qué temprano anochece! ¡Las siete todavía!
—Es el Invierno que llega.
—¿Tú, cuándo tienes que irte?
Concha suspiró:
—¡Ay! ¡Cuando yo te deje! ¡No te dejaría nunca!
Y estrechó mi mano en silencio. Estábamos sentados en el fondo del mirador. Desde allí veíamos el jardín iluminado por la luna, los cipreses mustios destacándose en el azul nocturno coronados de estrellas, y una fuente negra con aguas de plata. Concha me dijo:
—Ayer he recibido una carta. Tengo que enseñártela.
—¿Una carta, de quién?
—De tu prima Isabel. Viene con las niñas.