—¿Isabel Bendaña?

—Sí.

—¿Pero tiene hijas Isabel?

Concha murmuró tímidamente:

—No, son mis hijas.

Yo sentí pasar como una brisa abrileña sobre el jardín de los recuerdos. Aquellas dos niñas, las hijas de Concha, en otro tiempo me querían mucho, y también yo las quería. Levanté los ojos para mirar a su madre. No recuerdo una sonrisa tan triste en los labios de Concha:

—¿Qué tienes?... ¿Qué te sucede?...

—Nada.

—¿Las pequeñas están con su padre?

—No. Las tengo educándose en el Convento de la Enseñanza.