—Ya serán unas mujeres.
—Sí. Están muy altas.
—Antes eran preciosas. No sé ahora.
—Como su madre.
—No, como su madre nunca.
Concha volvió a sonreir con aquella sonrisa dolorosa, y quedó pensativa contemplando sus manos:
—He de pedirte un favor.
—¿Qué es?
—Si viene Isabel con mis hijas, tenemos que hacer una pequeña comedia. Yo les diré que estás en Lantañón cazando con mi tío. Tú vienes una tarde, y sea porque hay tormenta o porque tenemos miedo a los ladrones, te quedas en el Palacio, como nuestro caballero.
—¿Y cuántos días debe durar mi destierro en Lantañón?