Concha exclamó vivamente:
—Ninguno. La misma tarde que ellas vengan. ¿No te ofendes, verdad?
—No, mi vida.
—Qué alegría me das. Desde ayer estoy dudando, sin atreverme a decírtelo.
—¿Y tú crees que engañaremos a Isabel?
—No lo hago por Isabel, lo hago por mis pequeñas, que son unas mujercitas.
—¿Y Don Juan Manuel?
—Yo le hablaré. Ese no tiene escrúpulos. Es otro descendiente de los Borgias. ¿Tío tuyo, verdad?
—No sé. Tal vez será por ti el parentesco.
Ella contestó riéndose.