—Creo que no. Tengo una idea que tu madre le llamaba primo.

—¡Oh! Mi madre conoce la historia de todos los linajes. Ahora tendremos que consultar a Florisel.

Concha replicó:

—Será nuestro Rey de Armas.

Y al mismo tiempo, en la rosa pálida de su boca temblaba una sonrisa. Luego quedó cavilosa con las manos cruzadas contemplando al jardín. En su jaula de cañas colgada sobre la puerta del mirador, silbaban una vieja riveirana los mirlos que cuidaba Florisel. En el silencio de la noche, aquel ritmo alegre y campesino evocaba el recuerdo de las felices danzas célticas a la sombra de los robles. Concha empezó también a cantar. Su voz era dulce como una caricia. Se levantó y anduvo vagando por el mirador. Allá, en el fondo, toda blanca en el reflejo de la luna, comenzó a bailar uno de esos pasos de égloga alegres y pastoriles. Pronto se detuvo suspirando:

—¡Ay! ¡Cómo me canso! ¿Has visto que he aprendido la riveirana?

Yo repuse riéndome:

—¿Eres también discípula de Florisel?

—También.

Acudí a sostenerla. Cruzó las manos sobre
mi hombro y reclinando la mejilla, me miró
con sus bellos ojos de enferma. La besé,
y ella mordió mis labios con
sus labios marchitos.