OBRE CONCHA!... Tan demacrada y tan pálida, tenía la noble resistencia de una diosa para el placer. Aquella noche la llama de la pasión nos envolvió mucho tiempo, ya moribunda, ya frenética, en su lengua dorada. Oyendo el canto de los pájaros en el jardín, quedéme dormido en brazos de Concha. Cuando me desperté, ella estaba incorporada en las almohadas, con tal expresión de dolor y sufrimiento, que sentí frío. ¡Pobre Concha! Al verme abrir los ojos, todavía sonrió. Acariciándole las manos, le pregunté:

—¿Qué tienes?

—No sé. Creo que estoy muy mal.

—¿Pero qué tienes?

—No sé... ¡Qué vergüenza si me hallasen muerta aquí!

Al oirla sentí el deseo de retenerla a mi lado: