—¡Estás temblando, pobre amor!
Y la estreché entre mis brazos. Ella entornó los ojos: ¡Era el dulce desmayo de sus párpados cuando quería que yo se los besase! Como temblaba tanto, quise dar calor a todo su cuerpo con mis labios, y mi boca recorrió celosa sus brazos hasta el hombro, y puse un collar de rosas en su cuello. Después alcé los ojos para mirarla. Ella cruzó sus manos pálidas y las contempló melancólica. ¡Pobres manos delicadas, exangües, casi frágiles! Yo le dije:
—Tienes manos de Dolorosa.
Se sonrió:
—Tengo manos de muerta.
—Para mí eres más bella cuanto más pálida.
Pasó por sus ojos una claridad feliz:
—Sí, sí. Todavía te gusto mucho y te hago sentir.
Rodeó mi cuello, y con una mano levantó los senos, rosas de nieve que consumía la fiebre. Yo entonces la enlacé con fuerza, y en medio del deseo, sentí como una mordedura el terror de verla morir. Al oirla suspirar, creí que agonizaba. La besé temblando como si fuese a comulgar su vida. Con voluptuosidad
dolorosa y no gustada hasta
entonces, mi alma se embriagó en aquel perfume
de flor enferma que mis dedos deshojaban
consagrados e impíos. Sus ojos se
abrieron amorosos bajo mis ojos. ¡Ay! Sin
embargo, yo adiviné en ellos un gran
sufrimiento. Al día siguiente Concha
no pudo levantarse.