A TARDE caía en medio de un aguacero. Yo estaba refugiado en la biblioteca, leyendo el "Florilegio de Nuestra Señora", un libro de sermones compuesto por el Obispo de Corinto, Don Pedro de Bendaña, fundador del Palacio. A veces me distraía oyendo el bramido del viento en el jardín, y el susurro de las hojas secas que corrían arremolinándose por las carreras de mirtos seculares. Las ramas desnudas de los árboles rozaban los vidrios emplomados de las ventanas. Reinaba en la biblioteca una paz de monasterio, un sueño canónico y doctoral. Sentíase en el ambiente el hálito de los infolios antiguos encuadernados en pergamino, los libros de humanidades y de teología donde estudiaba el Obispo. De pronto sentí una voz poderosa que llamaba desde el fondo del corredor:

—¡Marqués!... ¡Marqués de Bradomín!...

Entorné el "Florilegio" sobre la mesa, para guardar la página, y me puse de pie. La puerta se abría en aquel momento y Don Juan Manuel apareció en el umbral, sacudiendo el agua que goteaba de su montecristo:

—¡Mala tarde, sobrino!

—¡Mala, tío!

Y quedó sellado nuestro parentesco.

—¿Tú, leyendo aquí encerrado?... ¡Sobrino, es lo peor para quedarse ciego!