Acercóse a la lumbre y extendió las manos sobre la llama.
—¡Es nieve lo que cae!
Después volvióse de espaldas al fuego, e irguiéndose ante mí exclamó con su engolada voz de gran señor:
—Sobrino, has heredado la manía de tu abuelo, que también se pasaba los días leyendo. ¡Así se volvió loco!... ¿Y qué librote ese ese?
Sus ojos, hundidos y verdosos, dirigían al "Florilegio de Nuestra Señora" una mirada llena de desdén. Apartóse de la lumbre y dió algunos pasos por la biblioteca, haciendo sonar las espuelas. Se detuvo de pronto:
—¡Marqués de Bradomín, se acabó la sangre de Cristo en el Palacio de Brandeso!
Comprendiendo lo que deseaba me levanté. Don Juan Manuel extendió un brazo, deteniéndome con soberano gesto:
—¡No te muevas! ¿Habrá algún criado en el Palacio?
Y desde el fondo de la biblioteca empezó a llamar con grandes voces:
—¡Arnelas!... ¡Brión!... Uno cualquiera, que suba presto...