Ya empezaba a impacientarse, cuando Florisel apareció en la puerta:

—¿Qué mandaba, señor padrino?

Y llegóse a besar la mano del hidalgo, que le acarició la cabeza:

—Súbeme del tinto que se coge en la Fontela.

Y Don Juan Manuel volvió a pasear la biblioteca. De tiempo en tiempo se detenía frente al fuego, extendiendo las manos, que eran pálidas, nobles y descarnadas como las manos de un rey asceta. A pesar de los años, que habían blanqueado por completo sus cabellos, conservábase arrogante y erguido como en sus buenos tiempos, cuando servía en la Guardia Noble de la Real Persona. Llevaba ya muchos años retirado en su Pazo de Lantañón, haciendo la vida de todos los mayorazgos campesinos, chalaneando en las ferias, jugando en las villas y sentándose a la mesa de los abades en todas las fiestas. Desde que Concha vivía retirada en el Palacio de Brandeso, era también frecuente verle aparecer por allí. Ataba su caballo en la puerta del jardín, y entrábase dando voces. Se hacía servir vino, y bebía hasta dormirse en el sillón. Cuando despertaba, fuese de día o de noche, pedía su caballo, y dando cabeceos sobre la silla, tornaba a su Pazo. Don Juan Manuel tenía gran predilección por el tinto de la Fontela, guardado en una vieja cuba que acordaba el tiempo de los franceses. Impacientándose porque tardaban en subir de la bodega, se detuvo en medio de la biblioteca:

—¡Ese vino!... ¿O acaso están haciendo la vendimia?

Todo trémulo apareció Florisel con un jarro, que colocó sobre la mesa. Don Juan Manuel despojóse de su montecristo, y tomó asiento en un sillón:

—Marqués de Bradomín, te aseguro que este vino de la Fontela es el mejor vino de la comarca. ¿Tú conoces el del Condado? Este es mejor. Y si lo hiciesen eligiendo la uva, sería el mejor del mundo.

Decía esto mientras llenaba el vaso, que era de cristal tallado, con asa y la cruz de Calatrava en el fondo. Uno de esos vasos pesados y antiguos, que recuerdan los refectorios de los conventos. Don Juan Manuel bebió con largura y sosiego, apurando el vino de un solo trago, y volvió a llenar el vaso:

—Muchos así debía beberse mi sobrina. ¡No estaría entonces como está!