En aquel momento Concha asomó en la puerta de la biblioteca, arrastrando la cola de su ropón monacal y sonriendo:
—El tío Don Juan Manuel quiere que le acompañes. ¿Te lo ha dicho? Mañana es la fiesta del Pazo: San Rosendo de Lantañón. Dice el tío que te recibirán con palio.
Don Juan Manuel asintió con un ademán soberano.
—Ya sabes que desde hace tres siglos es privilegio de los Marqueses de Bradomín ser recibidos con palio en las feligresías de San Rosendo de Lantañó, Santa Baya de Cristamilde y San Miguel de Deiro. ¡Los tres curatos son presentación de tu casa! ¿Me equivoco, sobrino?
—No se equivoca usted, tío.
Concha interrumpió, riéndose:
—No le pregunte usted. ¡Es un dolor, pero el último Marqués de Bradomín no sabe una palabra de esas cosas!
Don Juan Manuel movió la cabeza gravemente:
—¡Eso lo sabe! ¡Debe saberlo!
Concha se dejó caer en el sillón que yo ocupaba poco antes, y abrió el "Florilegio de Nuestra Señora" con aire doctoral: