—Es un aviso del Cielo, Xavier.

—Los sueños nunca son más que sueños, Concha.

—¡Voy a morir!... ¿Tú no crees en las apariciones?

Me sonreí, porque entonces aún no creía, y Concha se alejó lentamente hacia la puerta del mirador. Sobre su cabeza volaron las palomas como un augurio feliz. El campo verde y húmedo, sonreía en la paz de la tarde, con el caserío de las aldeas disperso y los molinos lejanos desapareciendo bajo el emparrado de las puertas, y las montañas azules con la primera nieve en las cumbres. Bajo aquel sol amable que lucía en medio de los aguaceros, iba por los caminos la gente de las aldeas. Una pastora con dengue de grana guiaba sus carneros hacia la iglesia de San Gundián, mujeres cantando volvían de la fuente, un viejo cansado picaba la yunta de sus vacas que se detenían mordisqueando en los vallados, y el humo blanco parecía salir de entre las higueras... Don Juan Manuel asomó en lo alto de la cuesta, glorioso y magnífico, con su montecristo flotando. Al pie de la escalinata, Brión el mayordomo tenía de las riendas un caballo viejo, prudente, reflexivo y grave como un Pontífice. Era blanco con grandes crines venerables, estaba en el Palacio desde tiempo inmemorial. Relinchó noblemente, y Concha al oirle enjugó una lágrima que hacía más bellos sus ojos de enferma:

—¿Vendrás mañana, Xavier?

—Sí.

—¿Me lo juras?

—Sí.

—¿No te vas enojado conmigo?

Sonriendo con ligera broma le respondí: