—No me voy enojado contigo, Concha.
Y nos besamos con el beso romántico de aquellos tiempos. Yo era el Cruzado que partía a Jerusalén, y Concha la Dama que le lloraba en su castillo al claro de la luna. Confieso que mientras llevé sobre los hombros la melena merovingia como Espronceda y> como Zorrilla, nunca supe despedirme de
otra manera. ¡Hoy los años me han impuesto
la tonsura como a un diácono, y sólo me
permiten murmurar un melancólico adios!
Felices tiempos los tiempos juveniles. ¡Quien
fuese como aquella fuente, que en el
fondo del laberinto aún ríe con su
risa de cristal, sin alma y sin
edad!...
ONCHA, tras los cristales del mirador, nos despedía agitando su mano blanca. Aún no se había puesto el sol, y el airoso creciente de la luna ya comenzaba a lucir en aquel cielo triste y otoñal. La distancia al Pazo de Lantañón era de dos leguas, y el camino de herradura, pedregoso y con grandes charcos, ante los cuales se detenían nuestras cabalgaduras moviendo las orejas, mientras en la otra orilla, algún rapaz aldeano que dejaba beber pacíficamente a la yunta cansada de sus bueyes, nos miraba en silencio. Los pastores que volvían del monte trayendo los rebaños por delante se detenían en las revueltas, y arreaban a un lado sus ovejas para dejarnos paso. Don Juan Manuel iba el primero. A cada momento yo le veía tambalearse sobre el caballo, que se mostraba inquieto y no acostumbrado a la silla. Era un tordo montaraz y de poca alzada, de ojos bravíos y de boca dura. Parecía que por castigo le llevaba su dueño tonsurado de cola y crin. Don Juan Manuel gobernábale sin cordura: Le castigaba con la espuela y al mismo tiempo le recogía las riendas, el potro se encabritaba sin conseguir desarzonarle, porque en tales momentos el viejo hidalgo lucía una gran destreza.
A medio camino se nos hizo completamente de noche. Don Juan Manuel continuaba tambaleándose sobre la silla, pero esto no impedía que en los malos pasos alzase su poderosa voz para advertirme que refrenase mi rocín. Llegando a la encrucijada de tres caminos, donde había un retablo de ánimas, algunas mujeres que estaban arrodilladas rezando, se pusieron en pie. Asustado el potro de Don Juan Manuel, dió una huída y el jinete cayó. Las devotas lanzaron un grito, y el potro, rompiendo por entre ellas, se precipitó al galope, llevando arrastras el cuerpo de Don Juan Manuel, sujeto por un pie del estribo. Yo me precipité detrás... Los zarzales que orillaban el camino producían un ruido sordo cuando el cuerpo de Don Juan Manuel pasaba batiendo contra ellos. Era una cuesta pedregosa que baja hasta el río, y en la oscuridad, yo veía las chispas que saltaban bajo las herraduras del potro. Al fin, atropellando por encima de Don Juan Manuel, pude pasar delante y cruzarme con mi rocín en el camino. El potro se detuvo cubierto de sudor, relinchando y con los ijares trémulos. Salté a tierra. Don Juan Manuel estaba cubierto de sangre y de lodo. Al inclinarme abrió lentamente los ojos tristes y turbios. Sin exhalar una queja volvió a cerrarlos. Comprendí que se desmayaba: Le alcé del suelo y le crucé sobre mi caballo. Emprendimos la vuelta. Cerca del Palacio fué preciso hacer un alto. El cuerpo de Don Juan Manuel se resbalaba y tuve que atravesarle mejor sobre la silla. Me asustó el frío de aquellas manos que pendían inertes... Volví a tomar el diestro del caballo que relinchaba, y seguimos acercándonos al Palacio. A pesar de la noche vi que salían al camino por la cancela del jardín tres mozos caballeros en sendas mulas. Les interrogué desde lejos: