—¿Sois alquiladores?

Los tres respondieron a coro.

—Sí, señor.

—¿Qué gente habéis llevado al Palacio?

—Una señora aún moza, y dos señoritas pequeñas... Esta misma tarde llegaron a Viana en la barca de Flavia-Longa.

Los tres espoliques habían arrendado sus mulas sobre la orilla del camino, para dejarme paso. Cuando vieron el cuerpo de Don Juan Manuel cruzado sobre mi caballo, habláronse en voz baja. No osaron, sin embargo, interrogarme. Debieron presumir que era alguno a quien yo había dado muerte. Juraría que los tres villanos temblaban sobre sus cabalgaduras. Hice alto en medio del camino, y mandé a uno de ellos que echase pie a tierra para tenerme el caballo, en tanto que yo daba aviso en el Palacio. El espolique se apeó en silencio. Al entregarle las riendas reconoció a Don Juan Manuel:

—¡Válgame Nuestra Señora de Brandeso! Es el mayorazgo de Lantañón...

Asió los ramales con mano trémula y murmuró en voz baja, llena de temeroso respeto:

—¿Alguna desgracia, mi Señor Marqués?

—Cayóse de su caballo.