—¡Parece que viene muerto!
—¡Parece que sí!
En aquel momento Don Juan Manuel alzóse trabajosamente en la silla:
—No vengo más que medio muerto, sobrino.
Y suspiró con la entereza del hombre que reprime una queja. Dirigió a los espoliques una mirada inquisidora, y volvióse a mí:
—¿Qué gente es esa?
—Los alquiladores que han venido con Isabel y con las niñas.
—¿Pues dónde estamos?
—Delante del Palacio.
Hablando de esta suerte, volví a tomar el caballo del diestro y penetré bajo la secular avenida. Los espoliques se despidieron: