—¡Santas y buenas noches!
—¡Vayan muy dichosos!
—¡El Señor les acompañe!
Se alejaban al paso castellano de sus mulas. Don Juan Manuel volvióse suspirando, y apoyadas las manos en uno y otro borren, les gritó ya de muy lejos, todavía con arrogante voz:
—Si topaseis mi potro, llevadlo a Viana del Prior.
A las palabras del hidalgo respondió una voz perdida en el silencio de la noche, deshecha en las ráfagas del aire:
—¡Señor padrino, descuide!...
Bajo la sombra familiar de los castaños, mi rocín, venteando la cuadra, volvió a relinchar. Allá lejos, pegados a las tapias del Palacio, cruzaban dos criados hablando en dialecto. El que iba delante llevaba un farol que mecía acompasado y lento. Tras los vidrios empañados de rocío, la humosa llama de aceite iluminaba con temblona claridad la tierra mojada, y los zuecos de los dos aldeanos. Hablando en voz baja se detuvieron un momento ante la escalinata, y al reconocernos, adelantaron con el farol en alto para poder alumbrarnos, desde lejos, el camino. Eran los dos zagales del ganado que iban repartiendo por los pesebres la ración nocturna de húmeda y olorosa yerba. Acercáronse, y con torpe y asustadizo respeto bajaron del caballo a Don Juan Manuel. El farol alumbraba colocado sobre el balaustral de la escalinata. El hidalgo subió apoyándose en los hombros de los criados. Yo me adelanté para prevenir a Concha.
¡La pobre era tan buena, que parecía
estar siempre esperando una
ocasión propicia para poder
asustarse!