ALLÉ A CONCHA en el tocador rodeada de sus hijas y entretenida en peinar los largos cabellos de la más pequeña. La otra estaba sentada en el canapé Luis XV al lado de su madre. Las dos niñas eran muy semejantes: Rubias y con los ojos dorados, parecían dos princesas infantiles pintadas por el Tiziano en la vejez. La mayor se llamaba María Fernanda, la pequeña María Isabel. Las dos hablaban a un tiempo contando los lances del viaje, y su madre las oía sonriendo, encantada y feliz, con los dedos pálidos, perdidos entre el oro de los cabellos infantiles. Cuando yo entré sobresaltóse un poco, pero supo dominarse. Las dos pequeñas me miraban poniéndose encendidas. Su madre exclamó con la voz ligeramente trémula:
—¡Qué agradable visita! ¿Vienes de Lantañón? ¿Sin duda sabías la llegada de mis hijas?...
—La supe en el Palacio. El honor de veros lo debo a Don Juan Manuel, que rodó del caballo al bajar la cuesta de Brandeso.
Las dos niñas interrogaron a su madre:
—¿Es el tío de Lantañón?