—Sí, hijas mías.

Al mismo tiempo Concha dejaba preso en la trenza de su hija el peine de marfil y sacaba de entre las hebras de oro una mano pálida, que me alargó en silencio. Los ojos inocentes de las niñas no se apartaban de nosotros. Su madre murmuró:

—¡Válgame Dios!... ¡Una caída a sus años!... ¿Y de dónde veníais?

—De Viana del Prior.

—¿Cómo no habéis encontrado en el camino a Isabel y a mis hijas?

—Hemos atajado por el monte.

Concha apartó sus ojos de los míos para no reirse, y continuó peinando la destrenzada cabellera de su hija. ¡Aquella cabellera de matrona veneciana, tendida sobre los hombros de una niña! Poco después entró Isabel:

—¡Primacho, ya sabía que estabas aquí!

—¿Cómo lo sabías?

—Porque he visto al tío Don Juan Manuel. ¡Verdaderamente es milagroso que no se haya matado!