Concha se incorporó apoyándose en sus hijas, que flaqueaban al sostenerla y sonreían como en un juego.
—Vamos a verle, pequeñas. ¡Pobre señor!
Yo le dije:
—Déjalo para mañana, Concha.
Isabel se acercó y la hizo sentar:
—Lo mejor es que descanse. Acabamos de envolverle en paños de vinagre. Entre Candelaria y Florisel le han acostado.
Nos sentamos todos. Concha mandó a la mayor de sus hijas que llamase a Candelaria. La niña se levantó corriendo. Cuando llegaba a la puerta, su madre le dijo:
—¿Pero adónde vas, María Fernanda?
—¿No me has dicho?...
—Sí, hija mía; pero basta que toques el "tan-tan" que está al lado del tocador.