María Fernanda obedeció ligera y aturdida. Su madre la besó con ternura, y luego, sonriendo besó a la pequeña, que la miraba con sus grandes ojos de topacio. Entró Candelaria deshilando un lenzuelo blanco:

—¿Han llamado?

María Fernanda se adelantó:

—Yo llamé, Candela. Me mandó mamá.

Y la niña corrió al encuentro de la vieja criada, quitándole el lenzuelo de las manos para continuar ella haciendo hilas. María Isabel, que estaba sentada sobre la alfombra con la sien reclinada en las rodillas de su madre, levantó mimosa la cabeza:

—Candela, dame a mí para que haga hilas.

—Otra llegó primero, paloma.

Y Candelaria, con su bondadosa sonrisa de sierva vieja y familiar, le mostró las manos arrugadas y vacías. María Fernanda volvió a sentarse en el canapé. Entonces mi prima Isabel, que tenía predilección por la pequeña, le quitó aquel paño de lino que olía a campo y lo partió en dos:

—Toma, querida mía.

Y después de un momento su hermana María Fernanda, colocando hilo a hilo sobre el regazo, murmuró con la gravedad de una abuela: