—¡Vaya con la mimosa!

Candelaria, con las manos cruzadas sobre su delantal blanco y rizado, esperaba órdenes en medio de la estancia. Concha le preguntó por Don Juan Manuel:

—¿Le habéis dejado solo?

—Sí, señorita. Quedóse traspuesto.

—¿Dónde le habéis acostado?

—En la sala del jardín.

—También tenéis que disponer habitaciones para el Señor Marqués... No es cosa de que le dejemos volver solo a Lantañón.

Y la pobre Concha me sonreía con aquella ideal sonrisa de enferma. La frente arrugada de su antigua niñera tiñóse de rojo. La vieja miró a las niñas con ternura y después murmuró con la rancia severidad de una dueña escrupulosa y devota:

—Para el Señor Marqués ya están dispuestas las habitaciones del Obispo.

Se retiró en silencio. Las dos niñas se aplicaron a deshilar el lenzuelo, lanzándose miradas furtivas, para ver cuál adelantaba más en su tarea. Concha e Isabel secreteaban.
Daba las diez un reloj, y sobre los regazos
infantiles, en el círculo luminoso de la
lámpara, iban formando lentamente
las hilas, un cándido manojo.