OMÉ ASIENTO cerca del fuego, y me distraje removiendo los leños con aquellas tenazas tradicionales, de bronce antiguo y prolija labor. Las dos niñas habíanse dormido: La mayor con la cabeza apoyada en el hombro de su madre, la pequeña en brazos de mi prima Isabel. Fuera se oía la lluvia azotando los cristales, y el viento que pasaba en ráfagas sobre el jardín misterioso y oscuro. En el fondo de la chimenea brillaban los rubíes de la brasa, y de tiempo en tiempo una llama alegre y ligera pasaba corriendo sobre ellos.
Concha e Isabel, para no despertar a las niñas, continuaban hablando en voz baja. Al verse después de tanto tiempo, las dos volvían los ojos al pasado y recordaban cosas lejanas. Era un largo y susurrador comento acerca de la olvidada y luenga parentela. Hablaban de las tías devotas, viejas y achacosas, de las primas pálidas y sin novio, de aquella pobre Condesa de Cela, enamorada locamente de un estudiante, de Amelia Camarasa, que se moría tísica, del Marqués de Tor, que tenía reconocidos veintisiete bastardos. Hablaban de nuestro noble y venerable tío, el Obispo de Mondoñedo. ¡Aquel santo, lleno de caridad, que había recogido en su palacio a la viuda de un general carlista, ayudante del Rey! Yo apenas atendía a lo que Isabel y Concha susurraban. Ellas de tiempo en tiempo me dirigían alguna pregunta, siempre con grandes intervalos.
—Tú quizá lo sepas. ¿Qué edad tiene el tío Obispo?
—Tendrá setenta años.
—¡Lo que te decía!
—¡Pues yo le hacía de más!