Y otra vez comenzaba el cálido y fácil murmullo de la conversación femenina, hasta que tornaban a dirigirme otra pregunta:
—¿Tú recuerdas cuándo profesaron mis hermanas?
Concha e Isabel me tomaban por el cronicón de la familia. Así pasamos la velada. Cerca de media noche, la conversación se fué amortiguando como el fuego de la chimenea. En medio de un largo silencio, Concha se incorporó suspirando con fatiga, y quiso despertar a María Fernanda, que dormía sobre su hombro:
—¡Ay!... ¡Hija de mi alma, mira que no puedo contigo!...
María Fernanda abrió los ojos cargados con ese sueño cándido y adorable de los niños. Su madre se inclinó para alcanzar el reloj que tenía en un joyero, con las sortijas y el rosario:
—Las doce, y estas niñas todavía en pie. No te duermas, hija mía.
Y procuraba incorporar a María Fernanda, que ahora reclinaba la cabeza en un brazo del canapé:
Y con la sonrisa desvaneciéndose en la rosa marchita de su boca, quedóse contemplando a la más pequeña de sus hijas, que dormía en brazos de Isabel, con el cabello suelto como un angelote sepultado en ondas de oro:
—¡Pobrecilla, me da pena despertarla!