Y volviéndose a mí, añadió:
—¿Quieres llamar, Xavier?
Al mismo tiempo Isabel trató de levantarse con la niña:
—No puedo: Pesa demasiado.
Y sonrió dándose por vencida, con los ojos fijos en los míos. Yo me acerqué, y cuidadosamente cogí en brazos a la pequeña sin despertarla: La onda de oro desbordó sobre mi hombro. En aquel momento oímos en el corredor los pasos lentos de Candelaria que venía en busca de las niñas para acostarlas. Al verme con María Isabel en brazos, acercóse llena de familiar respeto:
—Yo la tendré, Señor Marqués. No se moleste más.
Y sonreía, con esa sonrisa apacible y bondadosa que suele verse en la boca desdentada de las abuelas. Silencioso por no despertar a la niña, la detuve con un gesto. Levantóse mi prima Isabel y tomó de la mano a María Fernanda, que lloraba porque su madre la acostase. Su madre le decía besándola:
—¿Quieres que se ofenda Isabel?
Y Concha nos miraba vacilante, deseosa por complacer a su hija:
—¡Dime, quieres que se ofenda?...