La niña volvióse a Isabel, suplicantes los ojos todavía adormecidos:

—¿Tú te ofendes?

—¡Me ofendo tanto, que no dormiría aquí! La pequeña sintió una gran curiosidad:

—¿Adónde irías a dormir?

—¿Adónde había de ir? ¡A casa del cura!

La niña comprendió que una dama de la casa de Bendaña sólo debía hospedarse en el Palacio de Brandeso, y con los ojos muy tristes se despidió de su madre. Concha quedó sola en el tocador. Cuando volvimos de la alcoba donde dormían las niñas, la encontramos llorando. Isabel me dijo en voz baja:

—¡Cada día está más loca por ti!

Concha sospechó que era otra cosa lo que me decía y a través de las lágrimas nos miró con ojos de celosa. Isabel aparentó no advertirlo: Sonriendo entró delante de mí y fué a sentarse en el canapé al lado de Concha.

—¿Qué te pasa, primacha?

Concha, en vez de responder, se llevó el pañuelo
a los ojos y después lo desgarró con
los dientes. Yo la miré con una sonrisa
de sutil inteligencia, y vi florecer
las rosas en sus mejillas.