L CERRAR la puerta del salón que me servía de alcoba, distinguí en el fondo del corredor una sombra blanca que andaba lentamente, apoyándose en el muro. Era Concha. Llegó sin ruido:

—¿Estás sólo, Xavier?

—Sólo con mis pensamientos, Concha.

—¡Qué mala compañía!

—¡Adivinaste!... Pensaba en ti.

Concha se detuvo en el umbral. Tenía los ojos asustados y sonreía débilmente. Miró hacia el corredor oscuro y estremecióse toda pálida: