—¡He visto una araña negra! ¡Corría por el suelo! ¡Era enorme! No sé si la traigo conmigo.

Y sacudió en el aire su luenga cola blanca. Después entramos, cerrando la puerta sin ruido. Concha se detuvo en medio de la estancia, mostrándome una carta que sacó del pecho:

—¡Es de tu madre!...

—¿Para ti o para mí?

—Para mí.

Me la dió, cubriéndose los ojos con una mano. Yo la veía morderse los labios para no llorar. Al fin estalló en sollozos:

—¡Dios mío!... ¡Dios mío!

—¿Qué te dice?

Concha cruzó las manos sobre su frente casi oscurecida por un mechón de cabellos negros, trágicos, adustos, extendidos como la humareda de una antorcha en el viento:

—¡Lee! ¡Lee! ¡Lee!... ¡Que soy la peor de las mujeres!... ¡Que llevo una vida de escándalo!... ¡Que estoy condenada!... ¡Que le robo su hijo!...