Yo murmuré a su oído:
—Lo que tú quieras.
Ella guardó silencio y quedó un instante con los ojos cerrados. Después, abriéndolos cargados de amorosa y resignada tristeza, suspiró:
—Obedece a tu madre, si te escribe...
Y se levantó para salir. Yo la detuve.
—No dices lo que sientes, Concha.
—Sí lo digo... Ya ves cuánto ofendo todos los días a mi marido... Pues te juro que en la hora de mi muerte, mejor quisiera tener el perdón de tu madre que el suyo...
—Tendrás todos los perdones, Concha... Y la bendición papal.
—¡Ah, si Dios te oyese! ¡Pero Dios no puede oirnos a ninguno de nosotros!
—Se lo diremos a Don Juan Manuel, que tiene más potente voz.