Concha estaba en la puerta y se recogía la cola de su ropón monacal. Movió la cabeza con disgusto:

—¡Xavier! ¡Xavier!

Yo le dije acercándome:

—¿Te vas?

—Sí, mañana vendré.

—Mañana harás como hoy.

—No... Te prometo venir...

Llegó al fondo del corredor y me llamó en voz baja:

—Acompáñame... ¡Tengo mucho miedo a las arañas! No hables alto... Allí duerme Isabel.

Y su mano, que en la sombra era una mano de fantasma, mostrábame una puerta cerrada que se marcaba en la negrura del suelo por un débil resplandor: